A lo lejos se veían grises caireles escapando de un árbol, una de sus ramas ostentaba aún lucecillas avivadas por el viento.
Algunos estruendos interrumpían la calma.
Avanzó y descubrió a dos adolescentes, una mano blanca y delicada apretaba una flor rosa, aun fresca, unos ojos negrísimosy apagados parecían mirarlo. Sus pies pesaron. A su edad podrían tener el corazón roto, pero no el cráneo, ni la columna.
Volver, reportar misión cumplida y concluir su servicio era lo conducente.
La violencia se apaciguaba, quizá, pero el área de hostilidades pasó del territorio de ocupación, a algún lugar bajo su casco
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